miércoles, 26 de junio de 2013

el vaso que acabó por romperse

Parece que los dos cubatas surtieron efecto. Allí estaba yo; impasible, de brazos cruzados y sin intención de decir ni media palabra. Treinta y ocho minutos de un monólogo lleno de idas y venidas, rodeos y frases desordenadas que no parecían llevar a ninguna parte. Treinta y ocho minutos y ni siquiera sé por qué los conté.

Sabía exactamente lo que ibas a decir, lo sabía. Y no, no me sorprendió en absoluto. Mi cara de desconcierto era el mínimo ápice de educación que tu discurso merecía. He estado preparándome para este momento durante semanas porque, a pesar de que me negaba a aceptarlo, una parte de mí deseaba que sacaras toda la mierda de una puta vez. Pero claro, "contigo todo es más fácil",  ¿no? Mentira.

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