La primera vez que me senté en aquella silla estaba mirando de frente al árbol de navidad que acabábamos de montar. Era precioso, blanco, entero blanco, y unas luces doradas lo bordeaban de principio a fin. Era precioso, el árbol de navidad más precioso que se haya visto jamás. [...] Nunca te gustaron las bolas, así que aquella vez nos decantamos por algo más 'rústico'; llenamos el árbol de nuestras fotos. Al principio no me parecía buena idea, pero una vez más, acabé sucumbiendo a tu persistencia. La que más me gustaba, en analógico, era una en la que salíamos despeinados por el viento. Teníamos los labios cortados -recuerdo que fue una de las noches más frías de mi vida- pero sonreíamos, y eso hacía que al mirar la foto sintieras como si estuvieras en verano. Nos queríamos, te quería.
La última vez que me senté en aquella silla estaba mirando de frente a un montón de platos; rotos, una cocina destrozada que pedía a gritos un poco de ayuda, igual que mi cara y mis brazos. Era de noche y volvía a hacer frío, horas antes llegaste de trabajar y te propuse pedir algo de pizza. No quería cocinar. A ti no te pareció buena idea, y en esta ocasión, y por primera y última vez en mi vida, no sucumbí a tus gritos. Tú ya no me querías y yo, esa misma noche, dejé de quererte.


No hay comentarios:
Publicar un comentario