jueves, 8 de diciembre de 2011

las veces que me senté en aquella silla...


La primera vez que me senté en aquella silla estaba mirando de frente al árbol de navidad que acabábamos de montar. Era precioso, blanco, entero blanco, y unas luces doradas lo bordeaban de principio a fin. Era precioso, el árbol de navidad más precioso que se haya visto jamás. [...] Nunca te gustaron las bolas, así que aquella vez nos decantamos por algo más 'rústico'; llenamos el árbol de nuestras fotos. Al principio no me parecía buena idea, pero una vez más, acabé sucumbiendo a tu persistencia. La que más me gustaba, en analógico, era una en la que salíamos despeinados por el viento. Teníamos los labios cortados -recuerdo que fue una de las noches más frías de mi vida- pero sonreíamos, y eso hacía que al mirar la foto sintieras como si estuvieras en verano. Nos queríamos, te quería. 


La última vez que me senté en aquella silla estaba mirando de frente a un montón de platos; rotos, una cocina destrozada que pedía a gritos un poco de ayuda, igual que mi cara y mis brazos. Era de noche y volvía a hacer frío, horas antes llegaste de trabajar y te propuse pedir algo de pizza. No quería cocinar. A ti no te pareció buena idea, y en esta ocasión, y por primera y última vez en mi vida, no sucumbí a tus gritos. Tú ya no me querías y yo, esa misma noche, dejé de quererte.

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