jueves, 29 de septiembre de 2011

paranoias de cuarto grado


Algo está cambiando, y tengo miedo. Todo se mueve y no sé a qué debo agarrarme. Etapas que están terminando y requieren algunas planificaciones, y yo mientras tanto, estoy de brazos cruzados. Ahora sí es verdad, con veintidos años recién cumplidos empiezo a notar cómo las cosas empiezan a coger otro color diferente, un color de una tonalidad más formal y madura. Parece que tengo que abandonar la etapa de 'en proceso de' para convertirme directamente en algo.

Surgen planes y proyectos que pueden ser el comienzo de un cambio en mi vida, tanto profesional como sentimental. Tengo aspiraciones en la vida, y quiero cumplirlas, pero llega un punto en el que casi prefiero quedarme tal y como estoy. Me asusta lo desconocido, vivo muy feliz en mi burbuja de inexperiencia. Nunca he sido una persona valiente -de hecho soy todo lo contrario- y quizá por eso me he perdido bastantes cosas interesantes en la vida. Pero tal y como he dicho, una etapa está acabando. 

Y hablo claramente de mi carrera, comienza cuarto curso, el comienzo del final. Llegados a éste punto empiezas a replantearte muchísimas cosas. Para empezar, te preguntas cuál va a ser el siguiente paso después de recibir tu título de licenciado. Cambiar de ciudad y empezar una nueva vida es una opción; quedarse en Málaga y hacer un máster también es buena idea, o también, una mezcla de las dos, hacer un master en otra ciudad. Independientemente de escoger cualquiera de las anteriores... ¿por dónde continúo? ¿por dónde tengo que moverme? ¿con quién debo codearme? 

Menos mal que ahora mismo son sólo preguntas en el aire. Tengo muchos meses por delante para seguir 'reflexionando', pero, cuando menos me lo espere, llegará el día en el que tenga que tomar una decisión y justamente ahí será cuando me vea entre la espada y la pared o básicamente, cogido por los huevos.

¿Tomar decisiones? ¡Eso es para valientes! La vida debería ser un poco más fácil, o al menos parecerlo. Lo complicada que se vuelve cuando tienes que tomar decisiones que pueden cambiar tu vida para siempre. No me gusta, y acabo de descubrir que creo tanto en el destino por ésto mismo. Prefiero pensar que está todo escrito y que va a venir lo que tiene que venir. Ganas hay, inseguridades también. Ojalá el día de mañana mire atrás y sea consciente de que ya he hecho la mayor parte del camino y que gracias a quien-quiera-que-sea todo haya salido como quería.

lunes, 26 de septiembre de 2011

here you are again

Nos pasamos la vida dando por hecho que no vamos a morir solos, que tenemos gente que nos acompaña a lo largo de nuestro camino y que va a estar ahí a través de los altos y bajos de la vida. Valoramos la amistad, la proclamamos a los cuatro vientos. Somos por y para ellos, y viceversa. No obstante, también hay un lado más oscuro. Discusiones y decepciones pasajeras; nos quejamos porque algún amigo no responde del modo en qué quisiéramos, y también, en un lugar muy escondido, tanto que a veces es difícil encontrarlo, nos lamentamos por los que han elegido irse por otro camino. Un vaivén constante de sentimientos y pensamientos, estamos seguros y contentos y al minuto después, indecisos. ¿Son para siempre?

A lo largo de la vida, cientos de personas pasan cada día por nuestro camino. La chica que se sienta a tu lado en el autobús, el señor que te saluda o aquel twittero que te pregunta cómo ha ido el día. Individuos que con una simple mirada, gesto o palabra, dejan su diminuta huella. ¿Cuántas caras es capaz de recordar el ser humano? 

Hay algunas que nunca se olvidan. No importa el tiempo que pase desde la última mirada, o desde la última palabra. A la vuelta, después de un tiempo, al siguiente contacto, eres consciente: todo sigue exactamente igual. Y en ese preciso momento es cuando te alegras de que esa persona, por caprichos del destino, diera el primera paso en tu vida, dejando así una de las huellas más grandes y más bonitas de ese caminito lleno de pisadas. Y pongo la mano en el fuego, nunca podrá borrarse.